- 10 octubre, 2026
- By Lorena Polanìa Pérez
- Familia, Jóvenes y niños, Sin categoría
Suicidio: necesitamos cambiar la manera de hablar de él
Hay dolores que se ven. Y hay otros que aprenden a pasar inadvertidos.
Desde que empezamos a organizar esta cuarta temporada de Co-Razón, recuerdo que me senté con Diego a hablar de los temas que quería abordar. Tenía varios en la cabeza, pero había uno que, aunque todavía faltaban meses, sabía que quería tocar sin falta: el suicidio.
Y quiero decir algo antes de empezar. Este no es un tema fácil para mí. Creo que difícilmente lo es para alguien. Hablar de suicidio inevitablemente nos toca algún lugar: porque hemos conocido una historia, porque alguien cercano lo ha vivido, porque hemos acompañado el dolor de otra persona o, simplemente, porque pensar que alguien pueda llegar a sentir que morir es su única salida nos confronta profundamente. Yo, por supuesto, no soy la excepción.
Además, quiero hacer una claridad desde mi lugar profesional. La conducta suicida no es el área principal de mi práctica clínica. No trabajo habitualmente con personas cuyo motivo de consulta central sea la ideación suicida o cuadros depresivos severos. Mi trabajo está mucho más concentrado en las relaciones, la pareja, la sexualidad y los procesos emocionales que ocurren alrededor de nuestros vínculos.
Pero soy psicóloga. Trabajo todos los días con el sufrimiento humano. Con pérdidas, separaciones, desesperanza, soledad, conflictos, momentos en los que las personas sienten que no pueden más. Y por eso este es un tema frente al cual tampoco quiero pasar de largo.
Cuando planeábamos la temporada recordé que cada 10 de septiembre se conmemora el Día Mundial para la Prevención del Suicidio, y supe que este episodio tenía que estar en septiembre.
Y aquí estamos. Quiero hacerlo con mucho respeto, con responsabilidad y, sobre todo, con una intención muy clara: hablar de algo de lo que durante demasiado tiempo nos ha dado miedo hablar. Porque, curiosamente, esa es también la invitación que el mundo nos está haciendo hoy frente al suicidio: cambiar la narrativa e iniciar la conversación.
Personas que siguen trabajando, contestando mensajes, llevando a sus hijos al colegio, haciendo ejercicio, reuniéndose con amigos, haciendo chistes, cumpliendo responsabilidades e incluso acompañando a otros mientras, internamente, atraviesan un sufrimiento que quienes están a su alrededor difícilmente alcanzan a dimensionar.
Y quiero empezar esta conversación precisamente ahí. Con aquello que vemos, pero sobre todo, con aquello que muchas veces no vemos.
Lo que vemos y lo que no vemos
Hace un tiempo vi Un vecino gruñón (A Man Called Otto), protagonizada por Tom Hanks. Ese actor me encanta, y verlo desde otro lugar, desde la amargura, me llamó mucho la atención.
Otto Anderson es uno de esos personajes que probablemente no quisiéramos tener como vecino. Es rígido, malhumorado, controlador, intolerante. Parece estar permanentemente peleado con las personas, con el mundo, con la vida.
A medida que avanza la película empecé a descubrir que estamos viendo solamente la superficie. Y eso suele suceder en la vida real: vemos en vitrina la vida de los otros, pero en realidad no sabemos con la sed que el otro bebe.
Otto ha perdido a Sonya, su esposa, y con ella parece haber perdido también buena parte del sentido que tenía su propia existencia. Está atravesando un profundo sufrimiento y llega a considerar que ya no quiere continuar viviendo.
La película aborda directamente la conducta suicida y contiene escenas que pueden resultar sensibles para algunas personas. Sin embargo, hay algo de su historia que me parece especialmente valioso para esta conversación: nos obliga a mirar más allá de lo evidente.
Porque antes de conocer su historia podríamos describir a Otto simplemente como un hombre insoportable. Sin embargo, después de conocer su historia, me hago una pregunta:
¿Cuánto dolor puede esconderse detrás de un comportamiento que no comprendemos?
No estoy diciendo, por supuesto, que una persona irritable, aislada o que atraviesa un duelo necesariamente tenga pensamientos suicidas. Lo que quiero decir es: el sufrimiento psicológico no siempre tiene la apariencia que imaginamos.
No siempre se llora, no siempre se queda en la cama, no siempre se deja de trabajar, no siempre se pide ayuda. Y no siempre se dice claramente: “Estoy pensando en morir”.
Esto es especialmente importante cuando hablamos de suicidio, porque todavía tenemos una imagen bastante limitada de cómo creemos que “debería verse” una persona en riesgo. Y más adelante quiero volver sobre esto, porque no todas las personas que presentan conducta suicida están deprimidas.
¿Por qué hablamos de esto el 10 de septiembre?
Desde 2003, cada 10 de septiembre se conmemora el Día Mundial para la Prevención del Suicidio, una iniciativa impulsada por la International Association for Suicide Prevention (IASP) en colaboración con la Organización Mundial de la Salud (OMS).
Y quiero detenerme en una palabra: prevención. Porque es una fecha para preguntarnos qué podemos hacer antes.
- •Cómo reconocemos el sufrimiento.
- •Cómo hablamos de él.
- •Cómo pedimos ayuda.
- •Cómo acompañamos.
- •Cómo disminuimos el estigma.
- •Y cómo construimos entornos donde una persona pueda reconocer que no está pudiendo con algo sin sentir vergüenza por decirlo.
Precisamente por eso me parece tan significativo el enfoque elegido internacionalmente para estos años. Para el período 2024-2026, el tema internacional del Día Mundial para la Prevención del Suicidio es: “Cambiar la narrativa sobre el suicidio”. Y viene acompañado por un llamado a la acción que me gusta especialmente: “Inicia la conversación”.
¿Y por qué necesitamos cambiar la narrativa? Porque durante demasiado tiempo el suicidio ha estado rodeado de silencio, miedo, estigma, explicaciones simplistas y una enorme cantidad de mitos. La propuesta para 2024-2026 es avanzar de una cultura de silencio y estigmatización hacia una cultura de apertura, comprensión y apoyo.
Y esto no compete solamente a psicólogos, psiquiatras o profesionales de la salud. Nos compete como familias, como parejas, como amigos, como padres, madres, como educadores, como medios de comunicación, como sociedad.
Mito 1: “Todas las personas que mueren por suicidio están deprimidas”
Pues no. Para algunos puede ser obvio, pero quiero decirte que es una idea frecuente, y entenderlo es muy importante para la prevención. Cuando pensamos en alguien que puede llegar a suicidarse, probablemente imaginamos a una persona profundamente deprimida, triste, aislada, llorando, sin energía, sin ganas de levantarse de la cama.
Y sí: la depresión es uno de los problemas de salud mental relacionados con un mayor riesgo suicida y debe ser tomada muy seriamente. Pero conducta suicida y depresión no son sinónimos. No todas las personas que presentan conducta suicida tienen depresión, y tener depresión tampoco significa que una persona vaya a suicidarse.
La conducta suicida es un fenómeno multifactorial. Eso quiere decir que no existe una única causa. Pueden confluir factores psicológicos, sociales, biológicos, culturales y ambientales. Pueden existir otros problemas de salud mental, consumo problemático de sustancias, experiencias traumáticas, violencia, pérdidas importantes, enfermedad o dolor crónico, dificultades económicas, conflictos interpersonales, aislamiento, antecedentes de intentos suicidas o crisis vitales, entre otros factores.
Y muchas veces no encontramos uno solo: encontramos varios. Por eso hay una diferencia que necesitamos tener muy clara: un factor de riesgo no es necesariamente una causa.
Después de un suicidio escuchamos con frecuencia:
“Fue porque perdió el trabajo”.
“Fue por las deudas”.
“Fue porque estaba deprimido”.
Nuestro cerebro busca una explicación porque necesita comprender algo que resulta tremendamente difícil de comprender. Pero reducir un suicidio a un único acontecimiento puede impedirnos entender su verdadera complejidad.
Y todo esto tiene una consecuencia práctica muy importante: una persona en riesgo suicida no necesariamente “parece deprimida”.
Puede hacer ejercicio.
Puede cuidar a sus hijos.
Puede salir con amigos.
Puede hacer chistes.
Puede incluso ser quien sostiene emocionalmente a los demás.
O puede mostrarse irritable, impulsiva, hostil, desconectada o simplemente diferente a como suele ser.
Esto no significa que debamos empezar a sospechar de toda persona que esté triste, irritable o atravesando una pérdida. Significa algo mucho más sencillo: no podemos descartar el sufrimiento de alguien simplemente porque no se parece a la imagen que tenemos de una persona deprimida.
Volvamos por un momento a Otto. Cuando conocemos al personaje de Tom Hanks, probablemente nuestra primera palabra para describirlo no sería “deprimido”. Vemos su comportamiento antes de conocer su dolor.
¿Una persona que piensa en suicidarse realmente quiere morir?
Aquí necesitamos hablar de algo que psicológicamente es muy importante: la ambivalencia. La experiencia suicida no es idéntica para todas las personas, por eso debemos tener mucho cuidado con las afirmaciones absolutas. Durante una crisis suicida pueden coexistir experiencias aparentemente contradictorias.
Puede existir el pensamiento de morir y, simultáneamente, una parte de la persona que desea encontrar otra salida. Puede existir un sufrimiento que se percibe como insoportable. Una sensación de estar atrapado. Una incapacidad momentánea para imaginar alternativas. Y aquí aparece una palabra fundamental: desesperanza.
Desesperanza no significa simplemente estar triste. Significa empezar a perder la expectativa de que algo pueda cambiar o mejorar.
Por eso, cuando alguien atraviesa una crisis, probablemente no necesita que intentemos convencerlo inmediatamente de que “la vida es maravillosa”. Necesita primero que podamos comprender que, en ese momento, para esa persona puede no sentirse así. El problema es que estamos intentando medir el sufrimiento de otra persona desde afuera. Y el sufrimiento psicológico no se determina haciendo un inventario de aquello que alguien posee o de lo bonita que es la vida.
Tener razones objetivas para vivir no significa necesariamente poder sentirlas cuando se atraviesa una crisis profunda. Por eso decirle a alguien “pero si tienes todo para ser feliz” puede terminar aumentando su sensación de incomprensión. No necesitamos demostrarle que no debería sentirse como se siente.
Las cifras que nos ayudan a dimensionar
Las cifras nos ayudan a dimensionar algo que muchas veces permanece escondido. Según la Organización Panamericana de la Salud, en 2021 aproximadamente 100.000 personas murieron por suicidio en la Región de las Américas.
Cuando observamos los intentos de suicidio, en cambio, las mujeres presentan proporcionalmente más intentos que los hombres. Dicho de manera muy sencilla: las mujeres aparecen con mayor frecuencia en los intentos registrados, mientras que los hombres concentran muchas más muertes por suicidio.
Esto no significa que los intentos de las mujeres sean menos graves. Tampoco significa que podamos asumir que cualquier hombre tiene mayor riesgo simplemente por ser hombre. Significa que existen diferencias que necesitamos comprender para poder prevenir mejor. Y, sobre todo, significa que el riesgo suicida tampoco se presenta de la misma manera en todas las poblaciones.
¿Por qué mueren tantos hombres por suicidio?
Esta pregunta conecta con una conversación que ya hemos tenido en Co-Razón. En julio dediqué un episodio a hablar de salud mental masculina y de algo que me parece fundamental: las dificultades que muchos hombres han tenido históricamente para reconocer vulnerabilidad, expresar determinadas emociones, pedir ayuda y encontrar espacios socialmente aceptados donde puedan mostrar su sufrimiento.
Y aquí esa conversación adquiere otra dimensión. No podemos decir que los hombres mueren más por suicidio simplemente porque “no hablan”. Sería una explicación demasiado simplista. Existen múltiples factores: sociales, culturales, psicológicos, diferencias en la búsqueda de ayuda y también diferencias en la letalidad de las conductas suicidas.
Si quieren profundizar, los invito a escuchar ese episodio de Co-Razón sobre salud mental masculina, porque allí desarrollo con mayor profundidad por qué tantos hombres siguen teniendo dificultades para expresar su sufrimiento y buscar ayuda.
También tenemos que hablar de nuestros adolescentes y jóvenes
En la Región de las Américas, más de 18.000 adolescentes y jóvenes entre los 10 y los 24 años murieron por suicidio en 2021. Además, entre 2000 y 2021, la tasa de suicidio en este grupo aumentó cerca de un 38 %.
Pero hay un dato que me preocupa especialmente: el incremento proporcional más pronunciado ocurrió entre los niños y adolescentes de 10 a 14 años. Diez a catorce años. Estamos hablando de personas muy jóvenes.
Y esto merece una conversación que va mucho más allá de este episodio: familia, colegio, relaciones sociales, violencia, bullying, salud mental, entornos digitales, acceso a atención profesional. Y, especialmente, nuestra capacidad como adultos para escuchar el sufrimiento de niños y adolescentes sin minimizarlo.
El episodio anterior (#62) fue una conversación maravillosa con Carolina Pérez, educadora de párvulos, máster en Educación de la Universidad de Harvard, creadora de contenido y una de las principales divulgadoras en habla hispana sobre el impacto de las pantallas en la infancia y la adolescencia. Hablamos justamente de la salud mental de los niños y jóvenes enfrentándose al desafío de las redes y el uso de los smartphones. No te lo pierdas, porque tiene mucho sentido con esto que estamos hablando.
La necesidad de contacto, presencia y regulación emocional siempre ha sido fundamental. Pero hoy, frente a tantos desafíos digitales y culturales, siento que se hace todavía más evidente y necesaria.
Siento que hay que hablar más con nuestros niños y adolescentes. Es imprescindible preguntarles cómo están, enseñarles a pedir ayuda, tomarnos muy en serio su sufrimiento. Y necesitamos construir entornos familiares y educativos donde hablar de salud mental no sea motivo de vergüenza, castigo o descalificación, sino donde nuestros niños y jóvenes encuentren espacios para reconocer lo que sienten, expresarlo y pedir ayuda.
Un ejemplo cercano
En Bogotá, entre 2024 y 2026 se ha desarrollado la estrategia Estar Bien Bogotá, una iniciativa que articula a las secretarías de Cultura, Educación y Salud y que lleva a colegios distritales procesos de prevención y promoción de la salud mental a través de prácticas artísticas y creativas. El arte se convierte allí en una herramienta para trabajar con niños y jóvenes la expresión y gestión de sus emociones, fortalecer vínculos y generar espacios de cuidado, especialmente en poblaciones que pueden encontrarse en situaciones de mayor vulnerabilidad.
Y me parece valioso mencionarlo porque la prevención del suicidio no empieza únicamente cuando aparece una crisis. También empieza mucho antes: cuando enseñamos a reconocer lo que sentimos, cuando ofrecemos espacios seguros para expresarlo, cuando fortalecemos los vínculos y cuando pedir ayuda se convierte en una posibilidad.
Mito 2: “El que lo dice no lo hace”
Otra narrativa que necesitamos cambiar. Y esta puede ser especialmente peligrosa. Cuando una persona expresa que quiere morir, desaparecer, no despertar, dejar de existir o que siente que los demás estarían mejor sin ella, debemos tomarlo seriamente.
No necesitamos convertirnos inmediatamente en investigadores intentando determinar “¿lo dice en serio?”. Necesitamos escuchar qué está ocurriendo, y para esto la presencia y la escucha son fundamentales.
Mito 3: “Lo hace para llamar la atención”
Quiero darle la vuelta a esa frase. Supongamos que, efectivamente, una persona está intentando llamar nuestra atención. ¿Por qué tendría que ser eso algo que juzguemos?
Los seres humanos necesitamos atención. Somos seres sociales, relacionales y vinculares; necesitamos sentirnos vistos, escuchados y reconocidos por otros. El problema es que hemos convertido la expresión “llamar la atención” en algo cargado de juicio, como si necesitar que alguien nos vea o se dé cuenta de que no estamos bien fuera algo negativo.
Lo está verbalizando. Se está sintiendo sin salidas. Detrás de una conducta que calificamos como “llamar la atención” puede haber una necesidad de ser visto, escuchado o ayudado. Y una petición de ayuda, cualquiera que sea la forma en que aparezca, merece ser tomada en serio, no convertirse en motivo de vergüenza.
Mito 4: “Si le pregunto por suicidio, puedo darle la idea”
Este es otro mito que necesitamos desmontar. Muchas personas detectan que algo está ocurriendo, pero sienten miedo de preguntar directamente: “¿Y si le pongo la idea en la cabeza?”, “¿y si empeoro las cosas?”, “¿y si lo ofendo?”.
Preguntar de manera directa y cuidadosa por pensamientos suicidas no provoca el suicidio ni introduce por sí mismo la idea en una persona.
Si alguien nos preocupa, podemos preguntar:
“¿Has pensado en suicidarte?”
No necesitamos utilizar eufemismos. Necesitamos sensibilidad.
Y algo muy importante: estar preparados para escuchar la respuesta. Y estar preparados no significa necesariamente saber qué hacer. La respuesta puede sorprendernos, impactarnos o incluso asustarnos, y podemos sentir que no tenemos las herramientas para manejar la situación. Está bien reconocerlo. Lo importante es no minimizar lo que estamos escuchando ni asumir que tenemos que resolverlo solos. Podemos buscar apoyo e involucrar a personas o profesionales que tengan las herramientas para brindar la ayuda que se necesita en ese momento.
Estar, escuchar, presencia
Preguntar es el inicio. Lo que hacemos después puede ser transformador. Y aquí escribo con mayúsculas: ESTAR, ESCUCHAR y PRESENCIA. No tienes que tener la respuesta correcta, dar un consejo extraordinario o encontrar inmediatamente una solución. Significa, primero, tolerar la incomodidad de lo que estamos escuchando sin apresurarnos a apagarla.
Si alguien nos dice que ha pensado en suicidarse, acompañar o escuchar no significa convencer ni responder con frases como “¡no digas eso!”, “¿cómo puedes pensar así?”, “pero tienes tantas razones para vivir” o “piensa en tus hijos”. Aunque nazcan del miedo y del amor, pueden hacer que la persona sienta que tiene que tranquilizarnos a nosotros o que es mejor dejar de hablar.
Quedarse a escuchar puede ser algo mucho más sencillo. Podemos decir:
“Quiero entenderte. Cuéntame qué has estado sintiendo”.
“¿Desde cuándo te sientes así?”
“¿Esto te está pasando en este momento?”
“Estoy aquí contigo”.
Escuchar, sin discutir con lo que siente. Sin intentar demostrarle que está equivocada. Sin comparar su dolor con el de otras personas. Validar el sufrimiento no significa estar de acuerdo con que morir sea la solución. Significa poder reconocer: “entiendo que estás viviendo algo que en este momento se siente insoportable para ti”.
También podemos guardar silencio. No tenemos que llenar cada espacio con palabras. A veces nuestra presencia, nuestra atención y nuestra disposición a permanecer en una conversación difícil también comunican: “lo que me estás contando no me hace salir corriendo; puedo quedarme aquí contigo mientras buscamos ayuda”.
Y hay un límite fundamental: escuchar no significa manejar solos una crisis. Si lo que escuchamos indica que puede existir un riesgo inmediato, dejamos de estar únicamente en una conversación de apoyo y necesitamos activar ayuda profesional o de emergencia y procurar que la persona no permanezca sola.
No tienes que convertirte en el terapeuta de alguien que amas
Quiero ser especialmente clara en esto. Hablar del poder del vínculo no significa responsabilizar a familiares, parejas o amigos de mantener con vida a una persona. Podemos acompañar, podemos escuchar, podemos preguntar, podemos permanecer cerca, podemos ayudar a contactar profesionales.
Pero no debemos asumir solos la responsabilidad de manejar una crisis de salud mental. Pedir ayuda no significa traicionar la confianza de alguien. Significa proteger su vida.
Volvamos al vecino gruñón
Sabemos que Otto tiende a ser insoportable, pero después conocemos su historia. Conocemos la pérdida de su esposa, su aislamiento y el profundo dolor que está atravesando. Y, poco a poco, algo empieza a cambiar: otras personas comienzan a entrar en su vida. Aparece una vecina que insiste en acercarse, una familia que toca su puerta, conversaciones que interrumpen su soledad y personas que, casi sin proponérselo, empiezan a necesitarlo y a hacerlo sentir parte de algo nuevamente.
Aparece el vínculo, la conexión y la pertenencia. Y eso me parece especialmente valioso de la película: nos recuerda que los seres humanos somos profundamente relacionales y que sentir que tenemos un lugar, que importamos para alguien y que seguimos conectados con otros puede convertirse en un importante factor protector en momentos de sufrimiento.
Pertenecer importa. Sentirnos vinculados importa. Poder decir “no estoy bien” importa. Que alguien pregunte importa. Ser escuchados importa. Y recibir atención profesional cuando la necesitamos también importa.
Cambiar la narrativa depende de nosotros
Durante mucho tiempo hemos hablado del suicidio solamente después de que ocurre. El llamado de este 10 de septiembre nos propone algo diferente: iniciar la conversación antes, hablar de salud mental antes, preguntar antes, escuchar antes, buscar ayuda antes. Dejar de creer que todas las personas en riesgo están deprimidas, dejar de buscar una única apariencia del sufrimiento, dejar de llamar “debilidad” al sufrimiento, dejar de llamar “drama” a una petición de ayuda, dejar de pensar que quien habla de suicidio solamente quiere llamar la atención, dejar de asumir que preguntar puede sembrar la idea.
Y empezar a construir familias, relaciones, colegios, trabajos y comunidades donde una persona pueda decir “no estoy pudiendo con esto” y encuentre al otro lado una respuesta que no juzgue ni minimice. Probablemente no tendremos la frase perfecta. No necesitamos tenerla. Podemos empezar con algo mucho más humano:
“Estoy aquí. Quiero escucharte. Y vamos a buscar ayuda juntos”.
Para mí eso puede resumir el llamado que este año vuelve a hacernos el Día Mundial para la Prevención del Suicidio: cambiar la narrativa. Y para cambiarla tenemos que hacer algo que durante demasiado tiempo nos ha dado miedo: iniciar la conversación.
Y recuerda: siempre se puede con el Co-Razón.
Nota importante
Este artículo tiene fines educativos y no sustituye una valoración profesional. Si tú o alguien cercano presenta pensamientos suicidas, expresa intención de hacerse daño o se encuentra en una situación de riesgo inmediato, es necesario buscar atención profesional o de emergencia. Ante una situación de riesgo, procura que la persona no permanezca sola mientras se activa la ayuda correspondiente.
LORENA POLANÍA
Psicóloga Clínica – Fundadora
Terapeuta individual y de pareja
Egresada Master en Sexología
Coautora del Libro:
“Dos para Ser Felices”
Editorial Grijalbo.
Más Información:
lpolper@polperpsicologia.com
Tel: +56 933 964 621
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