- 13 abril, 2026
- By Lorena Polanìa Pérez
- Individual, Parejas, Psicología, Sin categoría, Terapa de pareja
Separarse y el desamor son algo que no ocurre de un día para otro
Siempre he hablado del amor que se construye, de ese que se cuida, se nombra, se repara; del amor que se trabaja con conciencia, con límites, con comunicación y con presencia emocional.
He hablado de cómo sostener una relación, de cómo crecer dentro de ella sin perderse, de cómo hacer que funcione… de una manera linda, posible y real.
Y como siempre lo he dicho, me encanta el amor y trabajar con él. Pero hoy quiero hablarte de la otra cara de la moneda.
Cuando se trabaja con parejas, está la idea popular de que el terapeuta está ahí para unir, sanar el vínculo y que la relación, luego del bache que acompañemos, siga su amoroso curso de amarse para siempre. Pero no. Un terapeuta de pareja no busca, o por lo menos su trabajo no es, que las personas no se separen. El objetivo del psicólog@ de pareja no es sostener la relación a toda costa, sino trabajar sobre la calidad del vínculo y el bienestar de las personas que lo componen, incluso si eso implica separarse.
Por eso hoy quiero hablar de otro momento del vínculo.
Uno que pasa mucho, que duele de diferentes formas y del que se habla, pero con tono de fracaso… y hoy quiero resignificar ese tono.
Encuentro la necesidad profunda de escribir y hablar de cuando el amor se acaba o cuando, más que acabarse, deja de ser suficiente, o cuando ese amor se transforma y ya no alcanza para sostener un proyecto conjunto que un día fue bonito, que llenaba de ilusión y esperanza.
Y es que hay un error profundo en creer que todas las historias están hechas para durar toda la vida. La idea de que las relaciones antes duraban más, o que ahora son desechables, o que la gente ya no se aguanta nada y se separa, está lejos de mostrar empatía frente a cada historia. Las relaciones se acaban. La gente se separa por diferentes motivos que, a veces, terminan siendo lo mismo… Y entender eso no es fracaso. Es, muchas veces, un acto profundo de conciencia.
Desde la psicología de pareja sabemos que el amor no es solo emoción, es también un sistema: dinámico, vivo, en constante ajuste. Y, como todo sistema, puede transformarse… o puede deteriorarse, incluso creyendo que se está haciendo la tarea.
A veces, lo que se rompe no es el amor en sí mismo, sino la capacidad de sostenerlo en condiciones saludables.
A veces cambiamos, ya no queremos lo mismo. La edad, las experiencias y la propia vida van mostrando que lo que se eligió un día funcionaba, pero ahora vemos e interpretamos el mundo diferente y queremos cosas distintas. O alguno ha cambiado y ve lo que antes no veía, o se encuentra con que lo que aceptaba ya no lo quiere aceptar más, y eso, aunque difícil, hace parte de la vida.
Luchar contra ese instinto que tenemos de acomodarnos para sentirnos seguros nos va muy mal cuando también necesitamos asombro y aventura. Y claro, llega la monotonía.
Se desgasta la comunicación.
Se rigidizan los roles, se acumulan heridas no reparadas, se pierde la intimidad emocional y, en muchos casos, aparece algo más silencioso y más difícil de nombrar: la desconexión.
Esa sensación de estar con el otro… pero no realmente en relación.
Separarse no suele ser una decisión impulsiva. Quiero contarte que, hace como 3 años, juntando material para un blog, este que estoy escribiendo hoy, hice un Google Form y se lo pasé a pacientes, amig@s y conocidos que se habían separado, haciendo algunas preguntas. Una de ellas era cuánto tiempo les había tomado separarse, desde que lo decidían hasta el momento de concretarlo. Por supuesto, las respuestas eran variadas, y no faltó la persona determinada que tuvo el impulso o la claridad y en 2 meses lo resolvió… y cuando digo “resolvió” no me refiero a que lo decidió y ya se acabó, no; luego de eso vienen otros desafíos que no me ocupan hoy. Pero el rango realmente significativo fue de 2 a 11 años.
No te afanes o te asustes si estás viviendo esta situación. No quiere decir que ese sea tu caso. Precisamente por eso estoy escribiendo esto hoy: no tiene que ser tu caso. Sé que puedes llegar a esa respuesta de cómo hacerlo cada día con más claridad, más firmeza y más confianza en ti, porque seguramente eso es lo que necesitas.
Es normal que embarguen los miedos, las inseguridades, la nostalgia frente a lo construido. Es natural que llegue la incertidumbre frente a lo que significa darle un vuelco a algo que fue un proyecto de vida. También vienen los hijos, el dolor que sienten, las marcas que se dejan… en fin.
Pero a lo que voy es que, casi siempre, el desamor es el resultado de un proceso largo, interno, muchas veces doloroso.
Un proceso en el que se intenta, se insiste, se negocia, se espera… hasta que algo dentro reconoce que quedarse también duele.
Y aquí es donde quiero detenerme.
Porque culturalmente nos enseñaron a sostener, a luchar, a “no rendirnos”. Y sí, cuando ha habitado una historia, es natural querer “salvar” y hacer lo que haya que hacer, porque está bien intentarlo. Pero, y ese es mi punto, poco nos enseñaron sobre cuándo soltar.
Sobre cómo diferenciar entre una crisis que se puede trabajar y un vínculo que ya no tiene las condiciones para ser reparado.
Separarse no es simplemente “terminar”. Es atravesar un duelo: un duelo por la relación que fue, por la que imaginamos que sería y por la versión de nosotros mismos que existía dentro de ese vínculo.
Hay una ruptura externa, sí, pero también hay una reorganización interna profunda.
Se reconfigura la identidad, los hábitos, los proyectos, el lugar desde el cual nos vinculamos. Y en ese proceso aparecen emociones complejas: tristeza, alivio, culpa, miedo, rabia… incluso esperanza. Todo al mismo tiempo.
Desde una mirada terapéutica, la separación no es solo el final de una historia, es también una transición psicológica.
Esto que voy a escribir a muchos les podrá sonar chistoso, ridículo, cliché, pero lo describo muy bien en el episodio 4 de la segunda temporada: “La tusa”. La separación es un espacio fértil (aunque incómodo) para revisar patrones, entender elecciones vinculares y, sobre todo, reconstruir la relación con uno mismo. Te dejo el link para que lo escuches en YouTube, pero te recuerdo que puedes escucharlo en tu plataforma de podcast favorita.
https://youtu.be/MiOvjuouR8g?si=120LQpuFUBu6lbEq
Porque hay algo importante que decir aquí: las separaciones no son un error o un fracaso. Son, muchas veces, encontrar coherencia con uno mismo.
Coherencia con lo que somos hoy, con lo que necesitamos, con lo que ya no estamos dispuestos a negociar.
Cerrar una relación también puede ser una forma de cuidado, de respeto, de amor… en otra forma.
Y tal vez, parte de madurar emocionalmente no es solo aprender a amar bien, también es entender que el amor se acaba y aprender a cerrar bien.
Tal vez esté siendo idealista, porque muchas veces el camino para tomar la decisión es difícil y lo que viene puede ser tortuoso, pero no necesariamente tiene que ser así. Se puede llegar a ello sin destruir, sin negarse, sin quedarse donde ya no hay por dónde.
Porque hay vínculos que nos enseñan a amar…y otros que nos enseñan a irnos.
Incluso puede pasar con la misma persona.
Recuerda resignificar el final no es fácil pero ayuda hacerlo con el Co-Razon.
LORENA POLANÍA
Psicóloga Clínica – Fundadora
Terapeuta individual y de pareja
Egresada Master en Sexología
Coautora del Libro:
“Dos para Ser Felices”
Editorial Grijalbo.
Más Información:
lpolper@polperpsicologia.com
Tel: +57 318 2257177
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