- 8 agosto, 2026
- By Lorena Polanìa Pérez
- Individual, Matrimonios, Psicología, sexo, Sexualidad, Sin categoría
El orgasmo femenino: mucho más que llegar al clímax
A propósito de Vibrando Bonito
y del Día Mundial del Orgasmo Femenino
Hace unos días tuve la oportunidad de asistir al lanzamiento de Vibrando Bonito, una película que realmente disfruté. Cine Colombia me invitó como profesional en el tema y, a propósito de lo que allí se habla, puedo decir que fue todo un PLACER.
Y empiezo por decirles que se las recomiendo muchísimo. Me reí bastante, los paisajes de Francia donde transcurre la historia son hermosos y las actuaciones son fantásticas. Pero, más allá de ser una comedia divertida, logra abordar con mucha humanidad y realismo un tema del que todavía nos cuesta hablar: el placer femenino.
La película está inspirada en la historia detrás de la creación del Womanizer, pero créanme que el juguete sexual termina siendo casi una excusa para abrir una conversación mucho más interesante. A lo largo de la historia se entrelazan datos, explicaciones y situaciones que educan mientras divierten, y que reflejan realidades que, como psicóloga y sexóloga, veo con frecuencia en consulta: mujeres que han vivido su sexualidad con dudas, vergüenza, silencios o sin sentirse completamente libres para expresar lo que necesitan.
Y ahí está, para mí, lo más potente de la película.
La protagonista lleva veinte años de matrimonio y nunca ha tenido un orgasmo. Pero hay algo que me impactó incluso más: durante esos veinte años tampoco lo había hablado con su pareja.
Y no es que no disfrutara sus encuentros sexuales. Sí podía disfrutarlos. Pero ella sabía que algo sucedía con su propio placer, y guardó silencio. Y estamos hablando de veinte años. No fueron seis meses, ni dos años… ¡fueron 20 AÑOS!
Quizá el verdadero problema de esta historia nunca fue la ausencia del orgasmo. El verdadero problema fue el silencio.
Porque cuando una persona no puede decir “esto me gusta”, “esto no me gusta”, “necesito algo diferente” o simplemente “no sé qué me pasa”, estamos hablando de mucho más que de sexualidad. Estamos hablando de comunicación, vergüenza, educación, autoconocimiento y, en muchos casos, de la forma en que aprendimos a relacionarnos con nuestro propio cuerpo y con nuestro placer.
Vibrando Bonito llegó a los cines el 6 de agosto, apenas dos días antes del 8 de agosto, fecha en la que se conmemora el Día Mundial del Orgasmo Femenino. Una iniciativa que surgió en Brasil precisamente con el propósito de poner sobre la mesa el placer femenino y ayudarnos a hablar de sexualidad de una manera más abierta y con menos tabúes.
Así que, entre una película que pone el orgasmo femenino en la pantalla grande y una fecha que nos invita a hablar de él, pensé: tenemos que conversar sobre esto.
Aunque escribí sobre este tema hace varios años, en 2018, hoy quiero ampliar esa conversación. Y creo que, después de todo lo que hemos venido hablando en el pódcast y escribiendo en este blog sobre erotismo, vergüenza, comunicación y deseo, es el momento perfecto para hacerlo desde una mirada mucho más amplia, más humana y, por supuesto, basada en la evidencia.
El orgasmo no es una meta (y aquí no vengo a enseñarte a tenerlo)
Quiero empezar aclarando algo muy importante: este no es un blog para enseñarles a tener orgasmos. Tampoco es un escrito para decir que toda relación sexual tiene que terminar con uno. Porque ese también es un error.
Durante mucho tiempo la sexualidad estuvo reducida a una idea muy limitada: si hubo penetración y hubo orgasmo, fue una buena relación sexual. Si no ocurrió alguna de esas dos cosas, entonces algo salió mal. Y la realidad es muchísimo más compleja que eso.
El orgasmo es una parte maravillosa y exquisita de la respuesta sexual humana, pero no es el único indicador de una vida sexual satisfactoria. Hay encuentros profundamente íntimos, conectados y placenteros que no terminan en un orgasmo, y también hay orgasmos que ocurren en relaciones donde no existe conexión emocional, comunicación ni bienestar.
Por eso hoy no quiero hablar del orgasmo como una meta. Quiero hablar de él como una posibilidad dentro de una sexualidad consciente.
Cuando entendemos esto, también desaparece una enorme presión que muchas parejas cargan sin darse cuenta. Porque hay personas que viven cada encuentro sexual como si estuvieran presentando un examen. Qué aburrido, pero sobre todo, qué martirio. Él, preocupado porque ella llegue al orgasmo. Ella, preocupada porque él no piense que hizo algo mal. Ambos pendientes del resultado, pero desconectados del proceso.
Y pocas cosas afectan tanto el placer como sentir que hay que cumplir una expectativa. El orgasmo no aparece mejor bajo presión. Al contrario: necesita seguridad, presencia, libertad y abandono.
Qué pasa en el cuerpo (y por qué no hay un paso a paso)
Tradicionalmente se ha explicado la respuesta sexual femenina en varias fases: el deseo, la excitación, una etapa de mayor intensidad llamada meseta, el orgasmo y, finalmente, la resolución.
Sin embargo, esto no es una secuencia rígida. Hoy sabemos que la experiencia femenina no siempre sigue ese orden. Algunas mujeres sienten primero deseo; otras lo descubren una vez comienza el encuentro. Algunas tienen orgasmos con facilidad; otras necesitan más tiempo, un contexto distinto o diferentes formas de estimulación. Y todo eso entra dentro de la diversidad de una sexualidad saludable.
El abandono: salir de la cabeza y habitar el cuerpo
Quiero detenerme en un concepto que me parece precioso: el abandono en el encuentro sexual. No me refiero a abandonar a la otra persona ni a desconectarse de la experiencia. Todo lo contrario.
Me refiero a ese momento al que, idealmente, todos quisiéramos llegar cuando vivimos nuestra sexualidad: dejar de estar pendientes de si lo estamos haciendo bien, de cómo nos vemos, de si ya va a llegar el orgasmo, de qué estará pensando la otra persona o, incluso, de que mañana hay que madrugar. Es ese instante en el que, por fin, salimos de la cabeza y habitamos el cuerpo. Nos permitimos sentir, disfrutar y estar completamente presentes.
Y es curioso, porque muchas veces ese abandono, esa capacidad de soltar el control, es precisamente lo que facilita el placer. Creo que es uno de los secretos mejor guardados de una sexualidad plena.
Además, algo que hay que saber sí o sí: después de años de compartir la intimidad física y sexual con alguien, hay algo que cobra muchísima importancia, y es la INTENCIÓN.
Por qué el placer femenino llegó tarde a los libros
Uno de los grandes problemas ha sido que durante muchos años se intentó explicar la sexualidad femenina utilizando modelos muy parecidos a los masculinos.
Hoy sabemos que, para muchas mujeres, el deseo y el placer están profundamente influenciados por el contexto: el estrés, la calidad de la relación, la conexión emocional, el descanso, la imagen que tienen de su propio cuerpo e incluso la carga mental que llevan cada día.
Y no es que estas variables no afecten también a los hombres; por supuesto que lo hacen. Sin embargo, históricamente las mujeres hemos crecido con un mayor número de mensajes que han regulado, juzgado o limitado nuestra vivencia del placer. Durante generaciones se nos enseñó a cuidar, a complacer, a ser discretas, mientras que el deseo femenino rara vez fue un tema del que se hablara con naturalidad. Incluso cuando existían restricciones morales o religiosas para ambos, culturalmente el placer masculino fue mucho más reconocido y legitimado. Esa diferencia ha dejado huellas que todavía hoy vemos en consulta.
Aunque el clítoris era conocido desde hace siglos, apenas en 1998 la uróloga australiana Helen O’Connell publicó una descripción anatómica completa de este órgano, demostrando que la pequeña parte visible es solamente una fracción de una estructura mucho más grande y compleja.
Imaginen eso por un momento. Durante décadas los libros de anatomía mostraron solo una parte de el único órgano del cuerpo humano cuya única función conocida es producir placer.
No es que el clítoris no existiera. Es que no había sido una prioridad estudiarlo con el mismo interés con el que se estudiaban otros órganos relacionados con la reproducción. Y eso dice mucho de la historia de la sexualidad femenina.
Porque, durante mucho tiempo, nos enseñaron muchísimo sobre cómo evitar un embarazo, cómo menstruábamos o cómo dar a luz, pero muy poco sobre cómo funciona el placer.
El mito de la penetración
Todavía hay personas que creen que una mujer debería llegar al orgasmo únicamente mediante la penetración. La evidencia científica nos muestra otra realidad: la mayoría de las mujeres necesita estimulación del clítoris, directa o indirecta, para alcanzar el orgasmo.
No se trata de que haya algo mal en ellas. Se trata simplemente de cómo está diseñado el cuerpo femenino. Y me parece importante decirlo, porque muchas mujeres han pasado años creyendo que tienen un problema cuando, en realidad, lo que no tenían era el permiso y la información completa.
Cuando el orgasmo no llega: hablemos de anorgasmia
También existen mujeres que nunca han experimentado un orgasmo. A esto lo conocemos como anorgasmia: una dificultad persistente para alcanzarlo que genera malestar. Algunas nunca lo han vivido; otras antes sí podían y dejaron de lograrlo.
Las causas pueden ser muy diversas:
- Factores hormonales o neurológicos
- Efectos secundarios de algunos medicamentos
- Experiencias traumáticas
- Ansiedad o depresión
- Dificultades en la relación de pareja
- Dolor durante las relaciones sexuales
- Una educación sexual basada en la culpa y la vergüenza
Por eso hay que hablar de esto. Que una mujer concluya rápidamente “yo soy así”, o que alguien piense que está dañada, es un grandísimo error.
Los orgasmos teatrales: cuando fingir se vuelve una trampa
Aquí aparece otro fenómeno que me parece muy interesante. Durante mucho tiempo, el orgasmo femenino también terminó convirtiéndose, para muchos hombres, en una especie de medalla al mérito: la prueba de que eran buenos amantes, de su virilidad, de que habían hecho “bien la tarea”. Y claro, cuando el orgasmo de una mujer carga con esa responsabilidad, muchas mujeres empiezan a sentir otra presión: la de no decepcionar al otro.
Y ahí aparecen los famosos orgasmos teatrales. Sí, esos que merecerían un premio Óscar. Y antes de que se rían, déjenme decirles que son muchísimo más frecuentes de lo que imaginamos.
Muchas mujeres han fingido un orgasmo alguna vez en su vida. ¿Por qué? Hay muchísimas razones: porque no quieren herir a su pareja, por proteger el ego del otro, porque quieren que el encuentro termine, porque sienten que “ya deberían haber llegado”, porque les da vergüenza decir lo que realmente necesitan o, simplemente, porque nunca les enseñaron que tenían derecho a vivirlo.
Pero aquí viene el problema: fingir el orgasmo se convierte en una trampa.
Cada orgasmo teatral sigue alimentando una idea muy peligrosa: que la sexualidad es un escenario donde uno actúa para el otro, en lugar de ser un espacio donde dos personas pueden encontrarse con autenticidad. Al final, quien más pierde no es la pareja: es la propia mujer. Porque cada vez que actúa, se aleja un poquito más de conocer su cuerpo, de descubrir qué le gusta y de construir una sexualidad que realmente le pertenezca. Y sigue perpetuando la idea de que tenemos sexo por otro y no para nosotras mismas.
La sexualidad merece ser comprendida antes que juzgada.
¿Y los juguetes sexuales?
Hay otro tema que la película toca de forma muy interesante: el papel de los juguetes sexuales. Muchas personas todavía los ven como una amenaza para la pareja, cuando realmente pueden ser una herramienta más dentro de la vida sexual.
Un juguete no reemplaza una relación. No reemplaza el afecto. No reemplaza la comunicación. No reemplaza la intimidad. Pero sí puede facilitar el autoconocimiento y ayudar a muchas personas o parejas a descubrir nuevas formas de placer.
Eso sí, es importante entender que un objeto no va a solucionar dificultades que en realidad pertenecen a la comunicación, a la confianza o al vínculo.
Y hay algo que me encantó de la película: lo que para esa pareja era un problema en la cama terminó convirtiéndose en un escenario de profunda intimidad emocional y trabajo en equipo. Y no porque empezaran a tener sexo desaforadamente… no.
Sino porque esa situación abrió el espacio para conversaciones cercanas y vulnerables, para momentos de risa, de frustración, de creatividad, de conexión desde el compartir otros espacios que no eran sexuales. Y eso, sin lugar a dudas, es oro. Y no se construye en la cama ni con los cuerpos desnudos.
Nada más rico que hablar y sentirse escuchado. Eso sí que conecta la piel, el deseo y la intimidad. Y se ve con claridad en la película.
Una invitación, sobre todo a las mujeres
Si nunca has explorado tu cuerpo, no lo vivas con culpa. Conócelo. Con curiosidad. Con respeto. Sin presión.
No porque tengas la obligación de alcanzar un orgasmo, sino porque nadie puede comunicar aquello que ni siquiera conoce de sí mismo.
Y si después de explorar sigues sintiendo que hay una dificultad persistente, busca ayuda. Así como acudimos a un profesional cuando aparece cualquier otro problema de salud, también podemos hacerlo cuando algo en nuestra vida sexual nos genera malestar.
Al final, nunca se trató solo de un orgasmo
Quisiera terminar volviendo a la película con la que empezamos. Al salir del cine pensé que, en realidad, esta historia nunca trató únicamente sobre un orgasmo.
Trató sobre una mujer que, durante veinte años, creyó que debía guardar silencio sobre una parte importante de su vida. Y creo que ese sigue siendo el mayor desafío que tenemos como sociedad: no solamente aprender más sobre el orgasmo femenino, sino crear relaciones donde podamos hablar del deseo, del placer, de los límites, de las inseguridades y de lo que necesitamos sin sentir vergüenza.
El orgasmo puede ser una experiencia maravillosamente deliciosa. Pero una sexualidad plena siempre será mucho más grande que un orgasmo. Empieza mucho antes: empieza cuando una persona puede habitar su cuerpo con libertad, conocerse sin culpa, expresar lo que necesita y construir relaciones donde el placer deje de ser un tema prohibido para convertirse en otra forma de conexión.
Y si este texto logra que una sola persona se anime a conversar con su pareja, a conocer mejor su cuerpo o a dejar de sentirse “defectuosa” por algo que nunca le enseñaron, entonces habrá valido completamente la pena.
Recuerda disfrutar con el Co-Razón.
LORENA POLANÍA
Psicóloga Clínica – Fundadora
Terapeuta individual y de pareja
Egresada Master en Sexología
Coautora del Libro:
“Dos para Ser Felices”
Editorial Grijalbo.
Más Información:
lpolper@polperpsicologia.com
Tel: +56 933 964 621
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