Autosabotaje: 6 hábitos que te frenan y cómo cambiarlos.

Querer cambiar y, al mismo tiempo, repetir conductas que nos mantienen en una situación que nos hace daño.

Mariana llegó a mi consulta. Se veía cansada, perdida. Lo primero que me dijo fue que sentía una profunda tristeza que, por momentos, se transformaba en angustia. No sabía qué hacer.

«Hay días más fáciles y otros más difíciles. Llevo muchos años en una situación de la que no he podido salir. Es como estar atrapada en un círculo. Todo el tiempo me pregunto dónde está la salida… La busco, te juro que la busco. He intentado varias cosas, una y otra vez, pero nada resulta».

Después agregó: «Quiero salir de acá. Cada vez me hago más daño, me siento confundida y estoy lastimando a varias personas que amo».

Mientras me contaba su historia, empezamos a reconocer un patrón: cuando estaba cerca de dar un paso para salir de ese círculo, aparecía una respuesta que la llevaba de nuevo al mismo lugar. A veces callaba lo que necesitaba decir; otras, aplazaba una decisión o actuaba en contra de lo que ella misma deseaba.

Los detalles de su historia no son necesarios para esta conversación. Lo que sí quiero contarte es que muchas personas podemos reconocernos en esa contradicción: querer cambiar y, al mismo tiempo, repetir conductas que nos mantienen en una situación que nos hace daño.

Cuando se lo señalé, Mariana comenzó a mirar su historia desde otro lugar. Su deseo de salir era real, pero necesitábamos comprender qué ocurría justo cuando tenía la posibilidad de hacer algo diferente. ¿Qué sentía? ¿Qué temía? ¿Qué la llevaba a retroceder?

Ahí empezamos a hablar del autosabotaje: de esas trampas que podemos ponernos, muchas veces sin darnos cuenta, y que nos alejan de lo que queremos construir. ¿Por qué pasa? ¿Cómo podemos reconocerlo? Y, sobre todo, ¿qué podemos hacer en el día a día para dejar de alimentar ese círculo?

Hoy quiero invitarte a observar seis hábitos de autosabotaje que pueden estar presentes en tu vida y a descubrir pequeñas acciones para empezar a cambiarlos.

Ahora piensa… te piden un favor. No tienes tiempo, no quieres hacerlo y sabes que aceptarlo te va a dejar agotada. Sin embargo, respondes: «Claro que sí». Durante unos minutos sientes alivio: evitaste incomodar a la otra persona. Más tarde aparece el malestar contigo misma. Otra vez dijiste que sí cuando querías decir que no.

El autosabotaje no siempre tiene la apariencia de una gran decisión que arruina nuestros planes. A veces vive en pequeñas respuestas que repetimos casi sin darnos cuenta. Nos ofrecen una salida rápida ante una emoción incómoda, pero con el tiempo nos alejan de lo que necesitamos en realidad, de nuestras relaciones o de la vida que queremos construir.

Reconocer un hábito de autosabotaje no es encontrar una nueva razón para culparte. Es preguntarte, con curiosidad: ¿qué intento evitar o proteger cuando hago esto? ¿Qué alivio encuentro en el momento y qué precio pago después?

Antes de empezar, una confesión

Yo también he estado en ese lugar. Cuando reconocí el autosabotaje en mi propia historia, quedé boquiabierta. Ser psicóloga no me hacía inmune a vivirlo; simplemente había buscado otras explicaciones, sin imaginar que algunas de mis propias respuestas estaban ayudando a sostener aquello de lo que quería salir.

Para explicar cómo lo sentí, pienso en un símil con una enfermedad autoinmune: el sistema encargado de proteger al organismo termina atacando sus propios tejidos. Como metáfora, así viví mi autosabotaje: algunas respuestas con las que intentaba protegerme del miedo o del dolor terminaban haciéndome daño.

Darme cuenta fue el primer paso. Después vino identificar el hábito, comprender qué lo alimentaba y empezar a desaprenderlo, a enfrentarlo y a practicar respuestas diferentes. Reconocerlo es determinante, pero no es mágico: el cambio necesita conciencia, práctica y paciencia.

La teoría me había servido para acompañar a Mariana y a muchas y muchos pacientes, pero vivirlo en mi propia historia me permitió comprender desde adentro lo difícil que puede ser hacer algo distinto, incluso cuando ya sabes qué necesitas cambiar. También me enseñó a mirar con más compasión esa distancia entre lo que comprendemos y lo que todavía nos cuesta llevar a la práctica.

¿Por qué los llamo hábitos?

Porque son formas de responder que repetimos y que, con el tiempo, pueden volverse tan familiares que aparecen casi en automático: decir que sí para agradar, hablarnos mal cuando cometemos un error o evitar lo que nos incomoda.

Lo que los convierte en hábitos es esa repetición; lo que los convierte en autosabotaje es el costo que tienen para nosotros. Quizá nos alivian por un momento, pero terminan alejándonos de lo que necesitamos o queremos construir.

Y hablar de hábitos también abre una posibilidad: podemos reconocer cuándo aparecen, comprender qué los sostiene y practicar una respuesta diferente. No definen quiénes somos. Son maneras de actuar que hemos aprendido y que podemos empezar a transformar.

✦✦✦

1. Ocultar lo que sientes para agradar

Quizá dices «estoy bien» cuando no lo estás. Aceptas planes o responsabilidades que no quieres asumir. Ensayas mentalmente cómo decir algo importante y terminas guardándolo porque temes la reacción de la otra persona. Así mantienes una seudoarmonía: parece que no hay conflicto, pero tú tampoco tienes espacio para ser tú.

¿Cómo darte cuenta?

Observa qué ocurre justo antes de responder. ¿Preguntas primero qué espera la otra persona y dejas para después lo que tú sientes? ¿Dices que sí de inmediato y luego aparece el resentimiento? ¿Te sientes diferente según con quién estés, como si llevaras una máscara de complacencia?

Qué puedes practicar

No tienes que empezar por una conversación enorme. Empieza por ganar unos segundos: «Déjame pensarlo y te confirmo». En esa pausa, respira y pregúntate: «Si no tuviera miedo de decepcionar, ¿qué respondería?». Después expresa una verdad pequeña y respetuosa: «Hoy no puedo», «Prefiero esto» o «Necesito hablar de cómo me sentí».

Ser tú puede tener un costo en algunas relaciones. Por eso también importa elegir el momento, la forma y las condiciones en que te sientes a salvo para hablar. La coherencia no exige exponerte sin cuidado; empieza por dejar de mentirte sobre lo que sientes.

2. Hablarte mal

«Soy un desastre». «Nunca voy a salir de esto». «Todo me sale mal». Hay palabras que, de tanto repetirlas, comienzan a sonar como hechos. Nos las creemos, se vuelven familiares. A veces la queja también se convierte en el idioma con el que narramos cada día: vemos todo lo que falta y dejamos de registrar lo que sí pudimos hacer.

¿Cómo darte cuenta?

Presta atención a lo que te dices cuando cometes un error o algo no sale como esperabas. ¿Usas palabras como «siempre», «nunca» o «nada»? ¿Tu voz interna te insulta en lugar de ayudarte a comprender qué pasó? ¿Te hablarías así si quien estuviera pasando por lo mismo fuera alguien a quien quieres?

Qué puedes practicar

Durante unos días, anota una frase que repitas sobre ti. No intentes sustituirla por una afirmación que no crees. Cámbiala por una frase más precisa y útil. «No puedo con nada» puede convertirse en «Hoy estoy sobrecargada; ¿qué es lo primero que necesito resolver?». «Siempre fracaso» puede pasar a «Esto no salió como esperaba; ¿qué puedo aprender o reparar?».

Hablarte con respeto no significa negar lo difícil. Significa dejar de añadir maltrato a un momento que ya es difícil.

3. Analizar hasta quedar paralizada

Piensas en todas las posibilidades, buscas más información, pides otra opinión y vuelves a empezar. Te dices que decidirás cuando estés segura. Pero quizá no te falta información: estás esperando una garantía de que nada saldrá mal, y paila… nunca hay una garantía de perfección, porque no existe.

¿Cómo darte cuenta?

Pregúntate si tus nuevas vueltas al asunto están aportando algo diferente. ¿Repasas los mismos escenarios una y otra vez? ¿Pospones una decisión incluso después de haber identificado tus opciones? ¿Esperar te está ayudando o se ha convertido en una manera de no enfrentar el miedo a equivocarte?

Qué puedes practicar

Escribe cuál es exactamente la decisión, qué dos o tres datos necesitas y una fecha razonable para dar el siguiente paso. Si la decisión completa te abruma, elige un movimiento pequeño y reversible: pedir una cita, hacer una llamada, iniciar una conversación. No necesitas resolver toda tu vida hoy para empezar a moverte.

Hay decisiones que merecen tiempo, especialmente si tienen consecuencias importantes. El punto es reconocer cuándo estás reflexionando y cuándo el análisis se ha vuelto un escondite.

4. Tomar tus emociones como órdenes

Sientes miedo y concluyes: «Entonces no debo hacerlo». Sientes rabia y envías ese mensaje de inmediato. Sientes tristeza y decides que nada va a mejorar. Lo que sientes es real y merece atención, pero una emoción intensa no siempre ofrece una visión completa de la situación.

¿Cómo darte cuenta?

Identifica la urgencia. ¿Sientes que debes responder, terminar, aceptar o cancelar ahora mismo? ¿Tus decisiones cambian mucho dependiendo de cómo te sientes ese día? ¿Más tarde lamentas haber actuado sin detenerte a pensar en las consecuencias?

Qué puedes practicar

Separa en voz alta tres cosas: «Estoy sintiendo…», «Mi impulso es…» y «Lo que quiero cuidar es…». Por ejemplo: «Estoy sintiendo rabia. Mi impulso es responder de forma hiriente. Quiero cuidar esta relación y también expresar mi límite». Respira y, cuando sea posible, espera a que baje la intensidad antes de tomar una decisión importante.

Las emociones traen información; escucharlas es valioso. Escuchar una emoción no obliga a hacer todo lo que nos pide en ese instante.

5. Hacer como si no pasara nada

Sigues cumpliendo, trabajando, cuidando a los demás. Cuando alguien pregunta cómo estás, respondes «bien». Pero hay algo que vuelve a doler cada vez que bajas el ritmo. A veces llenamos cada espacio de actividades o distracciones para no encontrarnos con lo que sentimos.

¿Cómo darte cuenta?

¿Hay un tema que minimizas aunque aparece una y otra vez en tus pensamientos, en tu cuerpo o en tus relaciones? ¿Te cuesta encontrar un momento sin ruido? ¿Respondes «no es para tanto» antes de permitirte comprender por qué te afectó?

Qué puedes practicar

Reserva unos minutos para escribir tres respuestas, sin exigirte resolver nada todavía: «¿Qué pasó?», «¿Qué sentí?» y «¿Qué necesito ahora?». Luego elige una acción posible: descansar, tener una conversación, poner un límite o pedir apoyo. Darle nombre a lo que ocurre es una forma de dejar de abandonarte.

No siempre podemos procesarlo todo al mismo tiempo. Si algo te desborda o se repite a pesar de tus intentos de atenderlo, buscar acompañamiento profesional también es una acción concreta de cuidado.

6. Subestimar el autocuidado

Te acostumbras a dejar el sueño para después, a comer de cualquier manera, a olvidarte del agua o a vivir sin pausas. A veces te exiges más justo cuando tienes menos energía. Tu cuerpo avisa, pero tú sigues negociando con sus necesidades como si siempre pudiera esperar.

¿Cómo darte cuenta?

Mira tu semana real, no la ideal. ¿Qué necesidad básica es siempre la primera en desaparecer de tu agenda? ¿Solo descansas cuando ya no puedes más? ¿Te pides paciencia, concentración o buen ánimo mientras llevas días sin atender lo más elemental?

Qué puedes practicar

Escoge un cuidado, no diez. Hazlo específico y fácil de repetir: tener agua a mano al iniciar la jornada, preparar una comida que puedas disfrutar sin afán, caminar unos minutos o definir una hora de cierre para ir a dormir. Pregúntate cada mañana: «¿Qué necesita mi cuerpo hoy y qué espacio concreto voy a darle?».

El autocuidado no tiene que convertirse en otra lista para juzgarte. Es una relación cotidiana con tus necesidades, ajustada a tus circunstancias.

Para. Siente. Asume. Cambia.

Si te reconociste en varios hábitos, no intentes cambiarlos todos esta semana. Elige uno y observa cuándo aparece.

🫀🧠 Para

Reconoce la señal. «Estoy por decir que sí sin preguntarme qué quiero».

Para mí, este es el paso más desafiante. Lo digo por mi propia experiencia y por lo que observo en mis pacientes: no es tan fácil detenernos cuando llevamos tanto tiempo respondiendo en automático. Muchas veces nos damos cuenta después, cuando ya dijimos, hicimos o aceptamos algo que no queríamos.

Por eso, observarte es fundamental: prestar atención a lo que piensas, a lo que sientes en el cuerpo y al impulso que aparece antes de actuar. Al principio quizá reconozcas el hábito cuando ya ocurrió; con la práctica, puedes empezar a detectarlo mientras sucede y, después, antes de repetirlo. Esa conciencia va abriendo el espacio para hacer una pausa y elegir.

🫀🧠 Siente

Identifica qué emoción hay detrás. «Temo que se moleste conmigo».

Una vez que logras hacer una pausa, viene otro desafío: permitirte reconocer lo que sientes. A veces estamos tan pendientes de la reacción del otro, de lo que va a sentir o de lo que va a pensar, que no nos preguntamos qué está pasando dentro de nosotros. Podemos identificar lo que hicimos, pero nos cuesta nombrar la emoción que nos llevó a hacerlo.

Quizá detrás de ese «sí» hay miedo al rechazo. Tal vez aparece culpa al imaginar que vas a decepcionar a alguien, vergüenza de expresar una necesidad o angustia ante la posibilidad de un conflicto. Pregúntate: «¿Qué estoy sintiendo y qué temo que pase si respondo de otra manera?».

Si no encuentras una palabra de inmediato, empieza por tu cuerpo: ¿hay tensión, un nudo en la garganta, presión en el pecho? Esas sensaciones pueden ayudarte a explorar lo que ocurre, aunque no tengan un único significado.

Dale un momento a esa emoción sin apresurarte a apagarla ni juzgarte por sentirla. Puedes decirte: «Me da miedo que se moleste conmigo y necesito reconocerlo antes de responder». Permitir que la emoción esté presente abre la posibilidad de elegir cómo actuar, incluso mientras todavía la sientes.

🫀🧠 Asume

Reconoce el patrón y su costo sin castigarte. «Cuando respondo desde ese miedo, termino aceptando algo que no puedo sostener».

Este paso nos invita a mirar con honestidad qué estamos haciendo y cómo eso influye en nuestra vida. Puede ser incómodo reconocer que algunas de nuestras respuestas contribuyen a mantener una situación que nos duele. A mí también me costó verlo: quería salir de aquel círculo, pero necesitaba reconocer qué hacía yo para seguir dando vueltas dentro de él.

Asumir implica conectar lo que sientes con lo que haces y con lo que ocurre después. «Me da miedo que se moleste, entonces digo que sí; después me sobrecargo, me siento frustrada y termino resentida con esa persona». Al reconocer esa secuencia, puedes empezar a distinguir el alivio del momento del costo que estás pagando a largo plazo.

Pregúntate: «¿Qué consecuencia tiene para mí repetir esta respuesta? ¿Qué estoy dejando de cuidar? ¿Qué parte de esta situación puedo empezar a cambiar?». Quizá estás sacrificando descanso, tiempo, autenticidad o la posibilidad de construir una relación en la que tus necesidades también tengan lugar.

Aquí es importante separar responsabilidad y culpa. Puedes reconocer tu participación sin atribuirte todo lo que sucede ni responsabilizarte por las decisiones de los demás. Tampoco necesitas insultarte para tomar en serio lo que descubriste. Decirte «otra vez hice lo mismo, soy un desastre» puede convertirse en una nueva forma de autosabotaje.

Puedes decirte, en cambio: «Entiendo que he respondido así por miedo. También reconozco que esta respuesta me está haciendo daño y quiero aprender otra manera». Asumir es dejar de pasar por alto el costo del hábito y reconocer dónde tienes una posibilidad de actuar.

🫀🧠 Cambia

Ensaya una respuesta pequeña. «Déjame revisar mi tiempo y te confirmo».

Después de parar, sentir y asumir, llega el momento de llevar lo que descubriste a una acción concreta: el mágico HACER. Comprender el hábito es fundamental, pero necesitas practicar qué vas a hacer cuando vuelva a aparecer. Si sueles decir que sí por miedo a incomodar, puedes empezar por darte tiempo antes de responder. Esa pausa ya introduce algo diferente: ahora también vas a tenerte en cuenta.

Pregúntate: «¿Qué puedo hacer distinto la próxima vez?». Elige una respuesta sencilla y posible: expresar una preferencia, pedir tiempo, reconocer que algo te dolió o decir «hoy no puedo». Incluso puedes ensayarla en voz alta para tenerla presente cuando la necesites.

Es posible que al hacerlo aparezcan culpa, miedo o incomodidad. Cambiar una respuesta conocida puede sentirse extraño, aunque la nueva sea más coherente con lo que necesitas. Date tiempo para atravesar esa sensación y observa lo que ocurre: ¿cómo te sentiste después?, ¿qué pudiste cuidar?, ¿qué ajustarías para la próxima vez?

Deshabituarte lleva práctica. Es posible que vuelvas a responder como antes; eso no borra lo que has aprendido. Si sucede, revisa qué dificultó la pausa y, cuando sea posible, corrige tu respuesta: «Te dije que sí muy rápido, pero al revisar mi tiempo me doy cuenta de que no puedo asumirlo».

Cada vez que identificas el patrón un poco antes, aparece una oportunidad de elegir de otra manera. Y cada vez que practicas esa elección, vas construyendo una forma de vivir más coherente contigo.

¿Qué hábito me ayuda a evitar una incomodidad momentánea, pero me está alejando de mí?

Estás aprendiendo y vas en el proceso.

Recuerda: todo es posible con el Co-Razón. 🫀🧠

Nota

Este artículo tiene fines educativos y no sustituye una valoración profesional. Mariana es un caso ilustrativo y sus datos han sido modificados para proteger su identidad. Si lo que estás atravesando te desborda o se repite a pesar de tus intentos de atenderlo, buscar acompañamiento profesional es una acción concreta de cuidado.

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LORENA POLANÍA

Psicóloga Clínica – Fundadora

Terapeuta individual y de pareja
Egresada Master en Sexología

Coautora del Libro:
“Dos para Ser Felices”
Editorial Grijalbo.

Más Información:

lpolper@polperpsicologia.com

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